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ALEJANDRO DARIO INSAURRALDE

Autor: Alejandro Darío Insaurralde
Título: Dimensiones
Género: Literario. Poemas.
Colección: UgaritFormato: 14 x 20 cm / 84 pág.
ISBN: 978-987-23608-9-4
Edición: Abril 2008
Comentario: Poemas que trasmiten sentimientos y cuentan historias... del hecho personal al acontecimiento histórico, de los «cuatro metros de panza» producto del consumo exagerado de alfajores –¡su debilidad!– al «momento en que el crúor brote de la cabeza fenecida de la Gorgona», los poemas de Alejandro Insaurralde, tantean las dimensiones de su mundo interior.




Mi sangre hermana


A mi hermano Willy

Tú eres mi sangre hermana, tan sola y querida,
que partió un día rumbo a tierras lejanas
y en tu boca llevaste, aquella mañana,
ese amargo sabor de las almas heridas.

Tu eres mi piel fraterna, tan tierna y sufrida,
que sangró en la noche al sentir la desolación,
también en mí arrancaron la nocturna emoción
de brillar unido a una estrella hermana mía.

Tu eres mi amor herido, ahora tan lejano,
que mi triste recuerdo en el dolor te nombra,
clamaré tu nombre por siempre entre las sombras
aunque el grito de mi voz haya sido ahogado.

Tu eres mi fiel amigo, lejos de mis manos,
tu dolor es mi dolor... tu ayer también es mío
y hasta a la muerte prohibiré volverlo frío
¡siempre esperaré... que un día vuelvas, hermano...!

ALEJANDRO DARIO INSAURRALDE

Autor: Alejandro Darío Insaurralde
Título: Entre vivencias y visiones
Género: Literario. Poemas
Colección: AntiBabel
Formato: 15x21
ISBN: 987-20553-4-3
Edición: Marzo 2003
Observaciones:




[…]
La lucha comercial es ardua. La desesperación lleva a crear una atmósfera de estrés colectivo que se contrapone a la fiesta de un patrono religioso. Abunda el ruido donde debería haber silencio; nervios donde debería haber sosiego; altercados y mal humor cuando debería sonreírse. ¿Qué pasaría si Cristo viera esto? Ya no les patearía los puestos como en la puerta de la sinagoga. Vendría con una topadora celestial y, envuelto en ira, arrasaría con todo.
Dos agentes, desde una esquina, miran con ojos sardónicos toda esta festividad artificiosa. Como buenos morbosos y para que la repartición no termine aburguesándolos, aguardan la presencia de algún raterito de ocasión. Pero no pasa nada, todo está controlado. Sospecho que sentirán algo de frustración, porque parece que no habrá jornada de sangre.
En medio de todo este merengue puede aparecer igual una pizca de ternura, de pureza. Que estas pequeñeces queden relegadas aún en el marco de una fecha religiosa, para mí no es novedad. Unos niños descalzos, sucios y hambrientos se acercan para pedir una moneda; los miro a los ojos y lloriquean; levanto la vista, y la «fiesta» de San Pantaleón sigue su curso, cada cual atendiendo su juego. Nadie quiere advertir la presencia de esos chiquitos.
[…]

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